domingo, 26 de febrero de 2012

Capítulo 11

Abre los ojos muy lentamente, recuerda aun asustada lo que sucedió anoche. Le duelen las muñecas, supone que por haberlas tenido atadas. Se incorpora con cuidado y mira a su alrededor, nada ha cambiado sigue tumbada en esa cama antigua con las sábanas rojas como la sangre y sigue encerrada en aquel cuarto que parece excavado en la roca. Instintivamente busca con la mirada la silueta de Marcus en la penumbra de aquella habitación sin ventanas, pero no lo encuentra. Intenta ponerse en pie pero las fuerzas le fallan y termina desplomándose sobre la alfombra. Oye los pasos de alguien dirigiéndose a la puerta y a duras penas consigue arrastrarse hasta debajo de la cama antes de que Marcus irrumpa en el cuarto. Por el hueco que queda entre el suelo y el colchón desnudo, pues ella está usando las sábanas a modo de vestido, puede ver los pies de alguien paseando por la habitación de un lado a otro, nervioso. Parece buscar algo pero su intento es en vano, se marcha dando un portazo que casi hace temblar la pared de piedra.

Cuando han pasado unos minutos Helena se aventura a salir despacio de su escondite, ya puede sostenerse en pie. Se acerca con cuidado a la chimenea que alumbra el cuarto ligeramente y mira el fuego, se concentra en él y respira hondo.
-Ignis auxilium me, nikta mae.- Convoca Helena levantando las manos y dejando que las sábanas se deslicen por su cuerpo hasta caer al suelo.
El fuego de la chimenea se aviva y la rodea, un tentáculo de llamas avanza por sus piernas y llega a su cintura, la envuelve casi por completo y la eleva a unos centímetros del suelo.
-Mea retro, nikta mae.- Las palabras de Helena suenan contundentes y de nuevo el fuego se aviva a su alrededor y la deposita en el suelo.
Cuando el fuego se retira y vuelve a la chimenea deja ver a Helena que ha recuperado su ropa y parece haber recuperado sus fuerzas también. Se acerca a una de las paredes seria y decidida, frota sus manos y las apoya en la pared, cierra los ojos y comienza a concentrarse. Ya nada de lo que sucede a su alrededor puede distraerla.
-Vocant auxilium, nikta mae.- Helena repite estas palabras una y otra vez en un tono casi inaudible. Una aurora de pequeñas y débiles llamas comienza a salir de sus manos acariciando la pared de piedra fría y dura. Una vez más repite este conjuro en un tono de voz más elevado y a medida que su tono de voz crece lo hace la luz que desprenden sus manos.
Cuando termina su ritual se separa del muro y en sus adentros reza porque todo haya salido bien, de nuevo oye pasos acercándose y rápidamente junta sus manos, el fuego la envuelve en cuestión de segundos y casi en la mitad de tiempo se ha desvanecido, hace que la ropa de Helena desaparezca dejando en su lugar la sábana que antes cubría casi por completo su cuerpo. Corre hacia la cama y se sienta en ella esperando que Marcus abra la puerta y la encuentre allí, probablemente estará furioso pero es algo que ya no preocupa a Helena, aunque le duela sabe que ha de ser fuerte, más fuerte si cabe. La puerta se abre y una figura entra en la sala con prisa, avanza hacia Helena y la agarra del pelo haciendo que se levante. La mira durante unos instantes y después, Marcus, suelta la melena morena de la chica.
-¿Dónde estabas?- Pregunta nervioso.- Antes entré y no te vi, estaba preocupado.
-He estado todo el rato en la habitación.- Responde sin apenas cambiar la expresión seria de su rostro.
Marcus da un paso acercándose a Helena y la besa, un beso dulce pero ella lo aparta empujándolo, sabe que la ayuda está en camino.
-Venía a pedirte perdón y ya que ayer rompí tu camiseta quería regalarte esto.- Tras decir esto Marcus entrega la prenda de ropa a Helena y se marcha, enfadado.
Helena mira curiosa el vestido que le han entregado, se trata de un vestido rojo, de época, con bordados de oro  y adornos de piedras preciosas, tras observarlo con cautela se lo pone y se dirige hacia el espejo que hay a la derecha de la cama. El vestido casi toca el suelo, se ajusta en la cintura de la chica y deja a la vista su cuello y parte de sus brazos, las mangas y el escote están adornados con una tela blanca de un aspecto y textura muy delicados, parece hecho a su medida.
Avanza con paso firme hacia la puerta y la abre sin siquiera dudar un momento, en la sala contigua se encuentran Marcus y una chica a la que no llega a ver con claridad antes de que se marche, su captor se gira al notar la presencia de Helena en la habitación, la mira de arriba abajo y la invita a sentarse junto a él. Helena se acerca a la chimenea fijándose a cada paso en todos los detalles de la habitación: la abertura de una de las paredes que da al exterior, el paisaje que por ese hueco pude observar, las diversas alfombras de pieles que recubren el suelo casi por completo y el fuego en la chimenea, quizá su oportunidad de escapar.
-No voy a sentarme, la última vez me dejaste un precioso recuerdo en la espalda.- Dice Helena con descaro e ironía cuando llega a la altura de Marcus.
Él sin mediar palabra se levanta y se acerca a Helena, en su mano porta una copa de vino que hace recordar a la chica la noche anterior, cada pequeño detalle la hace revivir el preciso instante en el que decidió para de gritar y usar sus dones para evadirse de la realidad. El momento en el que perdió parte de su humanidad pues ya no le importa el sufrimiento que nadie le pueda causar, un sentimiento propio de todo ser humano. Pone su mano sobre el hombro derecho de Helena y la escolta hasta el hueco que antes había visto en la pared.
-Este es mi particular tesoro, esta vista, es algo sencillo pero lo es todo para mí.- Dice Marcus alzando la vista para contemplar el paisaje que ante ellos se presenta, tímido pero fuerte, fugaz pero eterno, bello y a la vez salvaje.-Yo quiero salvar todo esto, pero los estúpidos mortales con los que tus amigos y tu simpatizáis amenazan con destruirlo todo. Uníos a mí, no digo que debamos matarlos incluso consentiría su presencia ante nosotros pero creo que deberíamos mostrarles el poder de la naturaleza, nuestro poder, y así salvar todo lo que ellos están destruyendo sin siquiera percatarse de ello.- Marcus se gira y hace que Helena lo mire a los ojos.- ¿¡Es que no ves que yo no soy el malo!? Yo solo intento hacer lo que me parece correcto para con la tierra que nos ha brindado la vida.
-Tú lo único que de verdad deseas es más poder del que jamás podrías llegar a controlar, el miedo y el odio te dominan. Solo eres un esclavo de tu don. Yo y mis amigos, Gabriela incluso, nos diferenciamos de ti porque somos dueños de nuestros dones y no al contrario como tu caso. En verdad me das asco.- Tras decir esto Helena escupe a Marcus y este la agarra del brazo para arrastrarla a la habitación en la que ha estado cautiva toda la noche.
-Te quedarás aquí hasta que comprendas que yo soy un dios y que debes tratarme como tal, no existe otro como yo y desde luego Gabriela no será rival para mí. No has sabido comportarte y ahora tus amigos pagaran las consecuencias.- El portazo de Marcus pone fin a la conversación.
Helena se apresura y corre hacia la puerta esperando poder escapar antes de que Marcus la encierre, pero es demasiado tarde, la puerta está cerrada a cal y canto. Las últimas palabras de Marcus retumban en sus oídos, ¿qué les hará a sus amigos? Teme por la vida de cada uno pero en especial por la de Gabriela, aunque suene extraño no es Aarón quien más la preocupa, sabe que ellos están predestinados a morir pero si algo pasase a Gabriela todos los "estúpidos mortales", como Marcus los llama, estarían perdidos.

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